Extraño la infamia;
extraño sus noches.
La vida de cabaret.
El arrabal,
las sustancias
y el límite que conformo con la decadencia.
Me extraño.
Y extraño mi cordura;
esa que gesté sobre el diván,
esa misma que me permite caminar sobre los extremos;
cabal demencia que me lleva a entrometerme
en los entresijos de la degeneración
y mostrarme ileso; intacto,
inerme;
esa cordura de donde nace la mordaz acidez de mi escritura.
Imposible negar que también extraño lo vil;
flagrante mácula que muestra
que mi melancolía es sólo ya una nostalgia,
un placer:
firme estética que se ornamenta de locura y malicia.
Es por eso que también extraño el ruido y los gemidos,
las pasiones y los arrebatos;
extraño la ligereza de la indecencia
y la manía sutil de la posesión.
Y extraño tu cuerpo,
sobre todo cuando es vestido de mi cuerpo;
y esa forma tan nuestra de arroparnos con las extravagancias de los excesos,
firme delicadeza que permite disfrutar de la frialdad de los vendavales
que impregnan a todo acto de soledad… y a todo acto de libertad.
Extraño el vértigo,
extraño el ímpetu:
hospicio del grave y rítmico eco que se gesta en la maraña que se enreda
con elegante dulzura alrededor de mi pasión.
Gitanerías.
EPÍLOGO
La costa del cantábrico es de una ligereza y una tranquilidad tal que
se convierte en buen lugar para llegar y morir en paz.
Es una lástima que la vida me hierba la sangre con su hedor.
